
Todos alguna vez nos hemos encontrado en una etapa donde pensar y pensar pasa de ser interesante a ser verdaderamente estresante. Esos tiempos en los que nos vemos en encrucijadas y planeamos cada día una distinta solución, porque hay que ser sinceros, cuando vemos un problema de fuera es mucho más fácil resolverlo que cuando estamos envueltos en ellos.
Por alguna extraña razón nuestro instinto de supervivencia no se activa en los problemas en los que de alguna manera participan nuestras emociones o en los cuales existen decisiones que solo dependen de nuestro criterio.
Resulta un poco ilógico que las personas tengan mejores soluciones ante problemas ajenos que ante problemas que podrían generar cambios negativos para si mismos, debe ser la objetividad con que se analiza un problema que no es nuestro.
Lo peor es saber lo que se tiene que hacer pero simplemente no tener el valor de hacerlo, saber que posiblemente todo dependa de un simple diálogo, pero la incertidumbre de si terminará bien o mal sencillamente nos aleja de la solución, nos aleja de tan solo intentar.
Cómo nos complicamos una y mil veces por problemas que muy aparte de tener soluciones un tanto obvias, nos ayudan a madurar y aunque suene a cliché a aprender de nuestros errores, ¿qué se puede hacer? Esa es nuestra naturaleza.
